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CUENTOS DEL AUTOR de 7, a 11

Si te gustó ECOS DE UN SUEÑO, este rincón del blog será tu espacio, para que disfrutes con nuevos cuentos, historias y personajes que aliviarán el bullicio del ajetreado día.

Letras que, línea a línea, pretenden ser un cuento diario para que al cerrar los ojos, al menos lo hagas con una sonrisa cada día.

Y si la sonrisa no sale, al menos podrás pensar en otras vidas, otros lugares, otros...

Que descanses.



CUENTO nº 11

EL EXTRANJERO

El caso es que un tipo muy alto acababa de entrar en el salón de juegos. Cojeaba algo, su rostro estirado, marcado por varias cicatrices, una muy profunda cerca de su ojo derecho. Un rostro que gritaba eso de “no tengo amigos ni los quiero tener”. Pidió un whiskey doble en la barra y se lo bebió de un trago.
-         Otro – dijo rápidamente antes de poner el vaso en la tabla.  El silencio continuaba flotando entre las mesas unido al humo de tabaco. El barman le miró directamente a los petroleados ojos. No distinguió nerviosismo alguno y volvió a servirle sin apartarle la mirada. Con maestría y puntería le llenó el vaso. Dejó la botella en horizontal en el aire por si pidiese un tercero. Pero el extranjero le hizo una señal indicando que este se lo tomaría con más calma.
-         ¿No va a preguntarme de donde vengo?
-         No me importa de donde venga, solo si tiene dinero para pagarme.
-         ¿Puede decirles que pueden seguir hablando, fumando y bebiendo? Me encuentro incomodo en un bar donde todos se callan mientras bebo.
-         No se preocupe – guardó la botella bien tapada bajo la barra – en unos segundos el bullicio volverá.
-         ¿Dinero? Es lo único que me queda.
-         Pues eso es lo importante a este lado de la barra. Lo demás me importa poco.
-         ¿Quiere brindar conmigo?
-         No.
Bebió un pequeño sorbo sin quitarle la vista al barman tras su desplante.
-          Me recuerda usted a mi hermano.
-          No voy a hablar de su hermano. Si desea algo más avíseme.
Se dio la vuelta para secar vasos recién fregados de espalda al visitante.
-          ¿Ha pensado alguna vez en el día de su muerte?
-          ¿Qué ha dicho?- se dio la vuelta para mirarle con una jarra envuelta en trapo.
-          La muerte llega.
-          Verá señor…
-          Carlos.
-         Verá señor. No me interesa hablar con usted. Ni me interesa mi muerte, ni me interesa su vida. Ni me interesa su nombre. Le queda claro. Beba, págueme y márchese.
El bullicio se resistía a volver.
-          Bueno, yo solo quería
-          No me ha oído. No quiero hablar con usted. – se giró y volvió a sus tareas.
Se subió a un pequeño taburete para colocar la jarra en la estantería superior, la más alta. Donde brillaban las jarras de cerveza de litro. El taburete astillado y de madera agotada cedió en un golpe seco bajo sus pies y cayó hacia atrás golpeándose la nuca contra el mostrador. Su muerte fue instantánea. Se oyó un leve suspiro después de la ajetreada caída. La jarra titubeaba sobre su base de cristal en un intento por mantener el equilibrio sobre la estantería.
El extranjero la miraba sin pestañear hasta que se asentó.
Todos corrieron en auxilio del barman. Pero era demasiado tarde. Su alma ya paseaba entre el silencio y el humo.
Uno de los ancianos miró al extranjero. A la infinita negrura de sus pupilas, mientras el resto intentaba sacar el cuerpo sin vida a una zona más ventilada. Como si el muerto fuese a estar más cómodo.
Aquel anciano seguía desafiándole con la mirada.
-         Mi hermano murió mientras intentaba colocar una caja de zapatos en la parte alta de su armario. Subido a un taburete. Este cedió y se golpeó la cabeza contra la esquina de la cómoda. Madera de roble. En el acto. – le dijo mientras ponía un billete bajo el vaso de whiskey a medio beber.
Mientras algunos aún se preguntaban que había pasado. El extranjero salió del local atravesando el humo que hacia figuras imperfectas tras él. Su cojera era ahora algo más intensa. Desapareció entre la espesura, tras los remolinos, sin que nadie escuchara la campana de la puerta al salir.



CUENTO nº 10

EL REY ESCRIBA

- ¿Por qué crees que puedes conseguirlo?
- Déjeme intentarlo.
- Eres un simple escriba, ¿Qué te hace pensar que puedes ganar una guerra? Es más, ¿Qué te hace pensar que podrías ganar una batalla?
- Señor...- interrumpió el escriba levantando sus rodillas y aproximándose al trono real. La guardia se interpuso de inmediato -como usted ha dicho, su espada ya es más pesada que certera, sus manos tiemblan al sostenerla, su mirada no es la mirada asesina de antaño y sus reflejos han perdido la batalla a los años- enseguida el escriba se dio cuenta de lo que estaba diciendo y rebajó sus críticas- con todos los respetos mi señor.
El rey le miró desconfiado y con un gesto mandó a evacuar el salón del trono. Una estancia llena de lujosas obras de arte y cortinas de terciopelo rojo con encajes de finísimo oro puro. Piedras preciosas que engalanaban las columnas, lámparas y al mismísimo rey.
- ¿Cómo piensas ganar a mis enemigos?
- Con palabras, mi señor.
El rey le  clavó la mirada que el escriba sintió como la reluciente espada que el monarca mostraba en el escaparate de su cintura.
- ¿Con palabras?- preguntó con sorna.
- Si, mi señor.- hizo una pausa y prosiguió- Yo no puedo sostener una espada, mis manos no están hechas para eso, por lo que no puedo luchar en batallas…
- Por lo que no puedes ganarlas y si no puedes ganar batallas, no puedes ganar guerras. ¿Como vas a vencer a todos mis enemigos sin luchar?
- Mi señor yo derramo tinta con mi pluma como usted derramó sangre con su espada. La diferencia es que los años han disminuido su capacidad de luchar en pesadas guerras. Con todos mis respetos señor, por supuesto,  mientras que yo sostengo una pluma y con el paso de los años ha mejorado y puede ser muy dañina, incluso mortal. Debo añadir y sin sonrojo que mientras mas experiencia tengo como escriba, mas mortal es el veneno de mi tinta. Y a todos los guerreros, se les desdibuja la destreza con el tiempo.
- Si, sí, está bien, tampoco te regodees escriba. Tengo curiosidad. ¿Cómo vas a conseguirlo?- preguntó el rey volviendo a sentarse con maestría. ¿Cómo pretendes ganar a más de cincuenta ejércitos con tu insignificante pluma?
- Me subestima señor. Estoy tan convencido que puedo conseguirlo que soy capaz de ofrecer mi cabeza si no venzo con mi pluma a sus enemigos, que dicho sea de paso también son los míos.
- No te pierdas en alabanzas y dime ¿Qué pides si lo consigues?
La pregunta resonó en todos los rincones de la estancia.
- Mi señor.- hizo una pausa-.  Usted será el hombre más poderoso del mundo, todas las tierras de sus enemigos serán suyas, todo lo que contienen esas tierras, frutos, animales, ríos y bosques. Todo suyo- el rey le miraba sintiendo todas y cada una de sus palabras, ya se veía dueño de las tierras de sus enemigos-. Yo mi señor, a cambio de conseguirle todo eso pido solo dos cosas, muy llanas y razonables.
- ¡Termina ya! me tienes en ascuas.
- Mi señor, tan solo pido su reino.
- ¡Mi reino!- le respondió ofendido, desenfundando su espada con manos temblorosas. Se sintió tan humillado por sus temblores que guardó el acero tan rápido como lo había desenfundado
- Mi señor su reino no será nada comparado con sus nuevas tierras. Valles, caballos animales, ríos e incluso mares señor.
El rey lo pensó de nuevo y su sonrisa apareció por sus comisuras. Una sonrisa que rayaba lo indecente.
- Y dime escriba. ¿Cuál es la segunda cosa?
- La corona. Mi señor.
Eso al rey le ofendió más que su primera propuesta.
- Y si te quedas con mi reino, no veo por que no. De acuerdo. Mi reino y la corona. Serás el rey.
El escriba tan solo tenía dos años más que la princesa. Procedía de buena familia, y su porte lo soñaban las mozas jóvenes del pueblo. 
- Y dime escriba ¿Cómo vas a conseguir mi reino y la corona de mi rey padre?
- ¿Qué haces aquí espiando como una vulgar plebeya?- su hija espiaba tras la pesada cortina
- Padre. Es muy sencillo. Todos están fuera en la puerta y es extraño que te dejen solo en esta estancia con un desconocido, así que pensé que algo iba mal y veo que no me equivocaba.- la princesa cruzó la mirada con el escriba dedicándole una sonrisa cómplice-. Dinos escriba, ¿cómo tienes pensado obtener mi mano?
El escriba le devolvió la sonrisa a la princesa y le contestó sin quitarle los ojos de encima, deleitándose con su melena de color cobre y sus rizos suaves y brillantes.
- Mi señora. Mi intención es escribir. Es lo único que se hacer.
- Y tan solo con palabras ¿vencerás a los enemigos de mi padre?
- Con palabras y astucia para usarlas bien. Mis palabras pueden hacer tanto daño como las espadas de los ejércitos. Escribiré cartas.
- ¿Cartas?- inquirió el rey.
- Las peores cartas que un rey pueda recibir. Cartas amenazantes de sangre. Escribiré a todos sus enemigos cartas que provoquen la guerra inminente. Haré que nada mas leerlas, reúnan a todos sus ejércitos y vayan dispuestos a luchar hasta la muerte, hasta la última gota de su sangre.
- Pero mi ejército no podrá soportar tantas batallas, perderé todo, ¡iluso!
- Yo no he dicho que su ejercito vaya a entrar en batallas eternas.- el rey frunció el ceño- mi señor, enfrentaremos a los ejércitos entre sí, enviaremos cartas de parte de sus enemigos para sus enemigos- el rey quedó pensativo- sin embargo todo lo dejaremos por escrito mi señor. Confío en su palabra, pero deseo firmar un trato que quede como prueba.
- y ¿en que momento nos haremos con esos reinos?
- Será sencillo, ayudando al Reino que lleve ventaja en su guerra a cambio de su propio reino y permitiendo que se queden con su conquista. 
            El rey miró a su alrededor y asintió. Dejando al escriba que llevara a cabo sus planes.
Y así fue.
El escriba se pasó tres días y tres noches enteras escribiendo cartas de amenazas, insultos y provocaciones. Enfrentando a reinos contra reinos. No tardaron en llegar las guerras. Batallas que llenaban de sangre los campos, guerras que se prolongaron hasta el último aliento del último guerrero. Todos los reyes ordenaban a todos los hombres en edad de luchar a las guerras para salvar la dignidad de su pueblo. Cuando no quedaban hombres, enviaban a ancianos. Aquellas amenazas e insultos no podían quedarse sin respuesta. Se mataban unos a otros. Las gentes del pueblo llano marchaban con sus mujeres y niños en busca de tierras mas pacificas, donde no se quemaran aldeas y pueblos, donde se pudiera dormir con los ojos cerrados  sin el temor de tener que salir corriendo, huyendo de espadas o fuego.

Tan sólo un año y medio aguantaron los reinos más fuertes, que caían uno a uno bajo el malvado plan de las palabras. El rey egoísta veía como su reino se iba ampliando poco a poco. Era cuestión de ayudar a uno de enemigos, una vez que estuviera debilitado aceptaría su ayuda con tal de no perder una guerra. La condición siempre era la misma, “te ayudaré a vencer a cambio de tu reino o el reino de tu enemigo”.

- Señor. Ha llegado el día. He venido a cobrar la deuda.
- Escriba. Te entrego mi reino y mi corona como prometí. Estoy listo para partir a mis nuevas posesiones y tomar en poder a los reinos que he ganado.
El rey egoísta marchó a por sus nuevas tierras y pronto llegó la desilusión. Mientras cabalgaba se dio cuenta que estaba solo, tenia tierras pero estaba solo. Las gentes habían huido y los que no habían podido huir morían de hambre o enfermos. Sintió como la soledad cabalgaba con él, a su lado. Sólo poseía tierras y más tierras, pero nadie le sonreía, ni alababa mientras paseaba en su caballo plateado. Ya no  tenía doncellas ni mayordomos.  Sus lujos se convertían en sus miserias.  Sus recuerdos eran ahora su peor pesadilla, en la sombra de un palacio oscuro, sombrío, muy parecido al infierno y vacío como su alma, el rey pensaba en como se había convertido en el plebeyo de su egoísmo.  

Años más tarde el rey escribano recibió una carta, que le leyó a su amada esposa.

Querido rey. Ahora me doy cuenta del poder que tenían tus cartas, del poder que tenían tus letras. Si enfrentáramos a dos guerreros en un torneo: Uno con la espada más poderosa del reino y otro con una pluma, hace dos años me hubiese reído hasta morir y hubiese apostado por la espada. Pero hoy en día, en la soledad de mi palacio juro por dios todopoderoso que no apostaría por la espada. Sin duda la pluma llega a ser muy poderosa si se utiliza bien y no olvidaré sus palabras majestad, “la pluma mejora con el tiempo”. Puede ser más poderosa y cruel que una espada de acero español. Sin duda, ahora sé que debo cuidarme de cualquier persona que escriba como vos.







CUENTO nº 9

FUGAZ



…le miró a los ojos y su brillo pareció hablarle,
contándole cosas maravillosas del amor.


I
Sus cuerpos desnudos intentaban llegar a parámetros normales bajo las sábanas. Sylvia respiraba cada vez más lento.
El silencio era absoluto, tan sólo el sonido de sus alientos se encontraba de frente con el tic tac tic del reloj del pasillo. Ambos sonidos se perseguían por las habitaciones de la casa.
                Albert abrió los ojos y se dejó amansar por el  maravilloso paisaje que ofrecía el rostro de su amante. 
                Cara angelical, de tez clara dorada por el sol. Unos ojos bañados en una finísima capa de miel, grandes, unidos a una dulce sonrisa. Todo enmarcado por un pelo liso a juego.
                - Te echaré de menos.- dijo Albert en un susurro.
                Sylvia abrió los ojos.
                - Lo sé - contestó también en un susurro.
                Albert le colocó el flequillo para poder disfrutar de su mirada.
                - Me cuesta asimilar que tengas que…
                - Shhhhhhh- la silenció-. Os echaré de menos a las dos.
                Sylvia no contestó y aquellas perlas ámbar se cargaron de lágrimas.
Hablaban como dos amantes escondidos, como dos adolescentes que presumen de secretos. Siempre en susurros.
                - Tengo que irme.
Sylvia lanzó una tímida sonrisa- lo sé-. Dijo asumiendo que dormiría con él pero esperando despertar sola. Si no hoy, algún día.
                - ¿Me olvidarás?
                - Eres mi vida. ¿Te olvidarías tú de vivir?. No puedo olvidarte.
                Estuvieron unos minutos disfrutándose el uno al otro, tan solo contemplándose, dejando que les invadiera de nuevo aquel silencio. Quizás preguntándose ¿qué estaría pensando el otro?. Dejando pasar los segundos, observándose con detenimiento, enredados en escurridizos pensamientos. En lo injusta que es la vida y esas cosas, acariciandose con miradas dulces.
                - Sylvia…- hizo una pausa eterna-. Te quiero.- susurró cerrando los ojos. Sus miradas no coincidieron, ella los abrió en ese momento sin quitar la vista de la lágrima que rodó por la mejilla de su marido. Se mordió el labio inferior y rompió a llorar en silencio, sintiendo que su amor había durado lo mismo que aquella lágrima. Nada. Menos que un tic del dichoso reloj del pasillo. Nada.
                - Nosotras también te echaremos de menos.
                - Estaré en todas tus vidas...- Sylvia sonrió al oír eso.-…solo tienes que buscarme.
                - Lo haré- dijo la joven-. Lo haré en todas y cada una de ellas.
                Sylvia era consciente que Albert jamás volvería, pensó que ella tampoco quería despertar y volvió a cerrar los 
ojos. Estiró el brazo, sintiendo el fugaz calor de Albert para regresar al silencio. 

                El reloj y la luz del sol que rompía los cristales y atravesaba salvaje las finas cortinas blancas despertaron a Sylvia.
                Albert jamás se despertó. Su enfermedad había ganado, su propio cuerpo había acabado con su propia vida. “Ironías de la vida” le gustaba decir para quitar hierro al asunto.

                “Mamá y yo te buscaremos,…en cada una de nuestras vidas.” Eso rezaba en su mármol blanco, así fue como busqué a Sylvia, así fue como me enteré de la historia de Albert, y así fue como me la contaron…

Bienvenidos al maravilloso mundo de los sentimientos.


 Cuento publicado en ECOS DE UN SUEÑO




CUENTO nº 8

LOS GRILLOS




En medio de todo aquello los grillos aún se hacían notar. “Ray de Corazones” se acercó hasta donde meditaba Stonne.
-          ¿Qué haces aquí?
-          Buscando sentido a todo esto- dijo sin apartar la vista de la oscuridad.
-          Es una guerra. No le busques sentido.
-          Tiene que tenerlo Ray- se hizo un silencio que hasta los grillos respetaron.-
            Dios permite que esté aquí matando a gente que no conozco. Jóvenes como yo, que no conozco. Tiene que tener algún sentido.
Su mirada ahora se clavó en las pupilas de Stonne. Intentando buscar una respuesta positiva.
-         Probablemente lo tenga- otra pausa- pero no es Dios quien te va a dar la respuesta. No señor, no es Dios de eso estoy seguro.
-          ¿Por qué estás tan seguro?
-          Porque Dios no juega a estas cosas- se levantó y volvió a dejar a Stonne en
compañía de sus pensamientos, la oscuridad y los grillos. Que poco a poco recuperaron terreno al silencio en la noche.
Por un momento Stonne pensó que aquellos curiosos bichos habían escuchado atentamente la conversación. Sonrió y siguió meditando sobre si Dios le había permitido matar a dos niños ese mismo día, o si por el contrario el todopoderoso aún no se había enterado de sus actos.
           
            Al día siguiente, Ray veía como el helicóptero de los medicamentos se llevaba el cuerpo sin vida de Stonne.
Aquella misma noche que habían hablado, su compañero  llegó a la conclusión que Dios no estaba  entre las arenas de aquel jodido desierto ese día.
- No tenías que buscarle sentido. No tenías porque hacerlo- dijo entre sollozos mientras el helicóptero se convertía en un punto negro en el infinito. Como sus propias vidas en aquella absurda guerra.


Ahora. A miles de kilómetros, El anciano mira las estrellas desde la ventana del ático. Si el desierto tenía algo de especial era precisamente la noche cargada de estrellas, piensa.
Directo a la mesilla de noche, con manos temblorosas se toma tres pastillas medidas con escrupulosas pausas entre trago y trago de agua.
O eso, o los grillos volverían a cantar cada noche.





CUENTO nº 7


EL FARO


Siquiera la saludó. Siguió mirando desde lo alto la mar, sus embestidas al acantilado golpeando justo el talón de Aquiles del faro. Con las manos en los bolsillos.
- ¿Por qué el mar?
No hubo respuesta.
¿Tu vida siempre ha estado ligada al mar? - Se hizo una pausa - ¿Por qué? – El joven estaba hipnotizado.
Ella se acercó desde atrás por primera vez, muy despacio, sin querer asomarse a la ventana. El silencio rellenó el espacio. Había subido muchas veces la escalera, pero sólo hasta la mitad.
"Un extraño revuelto" se formó en la mente de la joven. El silencio mezclado con el atronador sonido en cada golpe de mar le aceleraba el corazón. Miró los pies de Fabián.
Descalzo.
Bárbara hizo lo mismo y con los pies desnudos se acercó más a Fabián. Justo a su lado. El pánico inicial se transformó en asombro, unos pasos después la joven Bárbara quedó también hipnotizada por la vista de las olas intentando derribar al gigante de piedra. Sus pupilas se lanzaron al vacío con pavor.  
Ahora sentía lo mismo. A sus pies llegaban las reverberaciones de la lucha que mantenía el mar con el acantilado. Sus ojos verdes se llenaron de azul. Un azul intenso cargado de una fugaz espuma blanca.
Los cerró para relajarse un poco. Su corazón se había desbocado.
- ¿Lo entiendes ahora? - Dijo él cogiéndola de la mano.
Otra pausa mortuoria.
Se sintió unida al mar a través de sus pies a más de cuarenta metros de altura. Y a Fabián, el amor de su vida, sintiendo los latidos a través de su mano.
Dejó que las olas entraran en su alma desde la planta de los pies. Sentía la espuma subir atravesando cada vértebra hasta sus labios,  como un cosquilleo en la comisura.

- Sí. - Contestó finalmente sin poder abrir los ojos - Ahora sí.

Fabián se enamoró de aquella sonrisa para siempre…